DESEO Y VOLUNTAD

Aclaraciones entre los diferentes conceptos de deseo y voluntad para un camino espiritual más seguro, en donde el deseo está relacionado con los apegos patológicos, y el querer está relacionado con la voluntad y la libertad. En este contexto, no desear implica no accionar desde las carencias, los miedos o nuestras patologías del alma, lo que no implica, como comúnmente entendemos, un no hacer. Por el contrario, el hacer está de acuerdo con el corazón y la acción pura que tiene su origen en lo que la divinidad ha puesto en nosotras genéticamente y que conocemos como los dones. La acción, entonces, es aquello que me lleva a la realización de mi sentido como ser que está orientado y permanentemente llamado hacia su naturaleza divina.

Este ensayo filosófico espiritual está dedicado a quienes quieren avanzar en su camino de evolución interna pero han encontrado un impedimento fundamental para ascender sobre esa escalera que intuimos como inefable, y que representa un llamado ético hacia un sentido del que participamos los seres humanos por igual: una salida del estado de ignorancia hacia una participación de sabiduría de sí cada vez mayor, que nos ayude, en primer lugar, a vivir en paz y armonía a nivel personal, que se extienda a generar paz y armonía con los demás humanos, con el planeta en general, y sea la base de una participación más activa de la realidad divina.

Este primer reto del camino ha sido uno de orden intelectual, y ya que hemos encontrado una imposibilidad lógica, muchos de nosotros hemos optado por vivir, entendiendo que el camino espiritual desde esa imposibilidad no es una realidad a la que tengamos acceso y que su sólo planteamiento se contrapone a la lógica misma de nuestra existencia.

Éste es el dilema del deseo. El camino espiritual debe estar desprovisto de deseo, leemos en varios textos sagrados de diferentes tradiciones espirituales, pues el deseo está asociado con todo lo que degrada la condición humana. Cada una de estas degradaciones es una ruptura de un orden social, pero también, una ruptura de la constitución del ser humano quien ejecuta desde esa plataforma de ignorancia y contradicción. 


PRINCIPIO CONSTITUTIVO

Habla de cómo estamos conformados desde una anatomía sutil y cómo hay que tomar esa anatomía en cuenta para nuestra evolución

Me refiero, en primer lugar, a que nuestra constitución no está solo conformada por el cuerpo físico visible. Los seres humanos no somos una entidad separada de su entorno. Además, nos constituimos en una aquiescencia multidimensional que llamaremos sutil y que quienes poseen ciertos grados de visión astral, pueden distinguir como aura o, como los científicos cuánticos contemporáneos llamarán campo energético o solamente campo. En uno de esos cuerpos, el conocido como el cuerpo etérico, encontramos los chakras, espirales energéticas que son el resultado de nuestra actividad mental y emocional. Estos chakras regulan las diferentes áreas de nuestros cuerpos físicos, y giran en diferentes direcciones según posición y orientación energética. Cuando nuestros actos son agresivos para con otros seres humanos, esa agresión se ve representada en ese campo etérico, y queda registrada en las diferentes dimensiones de donde participamos, aún, inconscientemente. Esto implica que la acción se registra como una huella energética en los diferentes planos de nuestra existencia, y también, como es una carga determinada, que ese registro es un registro de información específica. Ese código de acción es bipartito o binario. No hay acciones neutras en nuestro universo. Cada acto es, o bien a nuestro favor y a favor de la evolución de todas las especies, o bien va en contra nuestra, y en contra de todas las especies. Vivekananda decía que no hay ninguna modificación humana en el absoluto, y que todas las acciones integran un componente de luz y de sombra, de bien y de mal. Es cierto en instancias que quien se investiga internamente va a acceder por su propia capacidad cuando le llegue el momento. Sin embargo, ahora decimos, con Jesucristo, que las acciones que son buenas te sanan y son sanadoras en general, y las acciones malas son malas para tus cuerpos sutiles, y son malas también en general. 

Cuando era chica, mi percepción era que la ciencia parecía avanzar tan rápido que lograrían identificar y confirmar la existencia de la divinidad. Hoy, científicos que buscan con toda honestidad nuestro mejor bien como humanidad y como planeta, como los del HeartMath Institute, o como el Dr. Patel que trabaja con el Dr. Joe Dispenza, están descubriendo cada vez más cómo trabaja la Conciencia (o lo que podemos llamar como Conciencia), interactúan con seres en otros planos, y, lo que nos interesa acá, es que han verificado esa premisa evangélica que encierra la idea de que el pecado (la acción agresiva) enferma y enferma a otros, y que la acción ética y amorosa me sana, y sana a otros. Todo esto está relacionado en cómo mis acciones modifican mi campo, y cómo mi campo modifica mi entorno y es capaz de influir poderosamente en las frecuencias de menos alcance consciente a mi alrededor. Si yo estoy conflictuada, quizá mucha gente no lo perciba, pero algunas personas, plantas o animales sí. Porque estamos modificando sus campos. Participamos constantemente de una decodificación de la información que llevan nuestros campos energéticos en la medida en la que nos encontramos con personas o convivimos con ellas. Esto ya no es un secreto y es posible medir y registrar gráficamente el alcance electromagnético y lumínico que alcanzan nuestros campos así como medir su influencia en nuestro entorno.

Al dañar a alguien, también me daño yo. Vuelvo a los versículos evangélicos en los que Jesucristo al sanar frecuentemente decía, ya no vuelvas a pecar, porque es ese pecado el que es una afrenta contra sí misma a tal grado, que la repetición constante de esos actos agresivos rompen ese lugar de nuestros cuerpos etéricos que luego se ve representado en un evento que rompe el cuerpo, o en un cuadro sintomatológico que disminuye nuestras capacidades físicas. Todo esto se origina en la contradicción de existir agrediéndose sistemáticamente a lo largo del tiempo a nivel ya sea físico, mental, emocional o una combinación de todos; un no saber hacer muy básico y antiético que se sustenta en la opción de la ignorancia: no observarse, no conocerse, no poner atención a quién se está siendo, y dejar de lado la responsabilidad de lo que opera en nosotros sin que lo podamos manejar, pues nos identificamos con esos principios operativos asumiéndolos como un yo.

La moral está directamente relacionada con la salud, y la salud está relacionada directamente con nuestro camino espiritual. No juzguemos los males de nadie, pues el juzgar también es una afrenta hacia nuestra propia constitución. Antes de entrar a la discusión sobre la diferencia entre querer y deseo, es importante entender la diferencia entre conocimiento y juicio.


CONOCIMIENTO Y JUICIO

No juzgar no quiere decir dejar de poner etiquetas a lo que es evidente que va en contra de la vida y la humanidad. Matar a otro ser humano, provocarle sufrimiento, robarle, son acciones que deben ser condenadas y requieren prisión. El juicio, por el contrario, es el acto que, al igual que la diferencia entre deseo y querer, puede participar de dos instancias absolutamente distintas: en primera instancia, el juicio libre, se corresponde con una sabiduría divina, de la cual los humanos no participamos. Es necesario tener juicios legales en nuestras sociedades que aún tienen una gran cantidad de seres humanos que están en proceso de elevar su conciencia, y que de momento no hacen esfuerzos conscientes para lograrlo. Todo otro juicio que no sea de orden legal o divino debe ser evitado porque siempre está enlazado con una patología, es decir, con un ego, con una carencia o un miedo. La acción de juzgar, como la acción del chisme y la de la acusación, pretende salvarme a mí de un posible podio en donde corro peligro y encontrar siempre series que expíen mis temores. Ese tipo de juzgamiento jamás aleja los miedos ni los egos, sino que los refuerza. Por lo tanto, debilitan nuestro campo etérico. Por lo tanto, nos llevan a la decrepitud del cuerpo y a la involución del alma. Evita juzgar. Evita suponer. Dirige los reflectores de tu atención a tus propios actos, pensamientos, emociones y omisiones, a tus propios deseos y lugares que carecen de control. Cuando lo hagas, tampoco te juzgues. Reconoce, con conocimiento, quién estás siendo. Reconoce qué necesitas dejar ir, y qué necesitas activar. Nadie que juzgue a otro ser humano, en especial si lo hace de manera constante, puede evolucionar realmente.


PRINCIPIO ÉTICO

En segundo lugar, tenemos el deseo, no contrapuesto a la voluntad, sino al querer. Un gran conflicto que he tenido a lo largo de la vida es el de conjugar la idea de no desear con el camino de crecimiento espiritual. Porque la contradicción salta a la vista, ¿no es un deseo lo que me lleva a querer desarrollarme en espíritu? ¿No son, acaso, deseos los que nos mueven a hacer cada cosa en la vida? Son preguntas lógicas y respetables que nos hemos hecho los occidentales (me incluyo solo por globalización) pues no entendemos del todo los textos sagrados que suelen tener siglos, o milenios  de antigüedad, cuyos orígenes están en realidades y gentes con las cuales nuestras estructuras mentales y modos de vida ya no guardan mucho en común.

Sin embargo, escuchamos o leemos también sobre la voluntad, y la voluntad como divina. Dios se vuelve hombre y hace cosas. ¿Acaso Dios no desea? ¿Qué es el amor sino un deseo de armonía y felicidad y el reconocimiento de una conexión que no comprendemos, pero que está ahí? No deseo, y sin embargo, debo accionar. ¿Desde dónde y cómo?

Al contrario de lo que parecíamos entender, en los textos sagrados de la antigüedad, se habla de una tríada muy importante: voluntad, acción (karma) y corazón o amor. Voy a aclarar en un cuadro comparativo la diferencia entre el querer como relacionado con la voluntad y el deseo como lo relacionado con el miedo. 

¿Recuerdas la parte en la que digo que no nos hace bien juzgar? Te animo a que leas lo siguiente sin ningún ánimo de juzgarte. Todos los humanos participamos de estas dos facetas de accionar, y necesitamos tener claro cómo funcionamos para tomar una acción sabia al respecto.

EL DESEO es esa sensación de necesidad de querer hacer algo tóxico, y siempre actuar en diferentes grados de toxicidad. El deseo responde a un cóctel químico que ya no manejo; en algún punto primario de mi vida, sometí mi voluntad a ese descontrol específico. Somos fármaco-dependientes del deseo, sabemos que nos hace daño, pero nos vemos atraídos sin remedio a repetir esas acciones que traen un placer profundo y momentáneo una y otra vez, para luego ver las consecuencias nefastas en nuestras emociones y nuestro organismo. El deseo es la negación de nuestra parte divina, la hemos relegado sin darle la oportunidad de que se exprese o surja. Toda creencia es una opción y el grado de reconocimiento de esta verdad (que escogemos nuestras creencias) devela el grado de conciencia en el que nos encontramos. Hemos optado por creer que no podemos. Somos como ese mendigo sentado en un banco de oro que vive una vida miserable pudiendo tener una vida bendecida que sirva tanto para sí como para su entorno. El deseo se relaciona con la ignorancia, con la creencia de que nuestra existencia se agota en esta sola vida, se relaciona con la búsqueda constante de excusas para no hacer lo que cada quien está llamada/o a hacer: trabajar en la realización de nuestro sentido.

Somos seres que emiten vibraciones. Esas vibraciones, como todo cuerpo en el universo, producen una fuerza que repele y otra que atrae. Seres cuyas frecuencias se ven altamente similares en un cuadro de lectura electromagnética, terminan atrayéndose. Por eso nos explicamos cómo atraemos a nuestra mejor amiga, y tenemos tanto en común con ella. Frecuentemente nos caímos bien desde la primera vez. Por eso atraemos parejas que representan nuestros lados amorosos, pero también son reflejo de nuestras patologías emocionales. Vibramos parecido aunque no lo hubiésemos aceptado en un principio. Si hay partes que aún no aceptas o rechazas de ti, atraerás una pareja que rechaza esas partes. ¿Para qué? Para que te duela y ese dolor te haga despertar al amor que te tienes que dar. ¿Eso implica terminar con esa pareja? Cuando estamos en el camino del crecimiento espiritual, el avance en conciencia de una persona tiene dos posibles resultados: la persona se anima a crecer contigo, o la relación se rompe. Cualquier resultado como consecuencia orgánica, no forzada, de un crecimiento, será lo mejor para ambas partes.

El deseo establece relaciones de apego que se ven en el plano astral frecuentemente como cadenas que atan uno o varios centros energéticos de una persona con la otra. Por eso romper esa toxicidad de la relación cuesta tanto trabajo y energía. Por eso romper con toda una relación violenta o agresiva cuesta tranto trabajo por más que haya la aceptación intelectual de que estoy viviendo en dinámicas que son peligrosas para mí, que dañan mi integridad. 

Para salir de ellas, hay que reconocerlas, y también hay que tener una práctica espiritual. Rezar generando amor, no desde la carencia. Meditar conectando con el amor y la libertad. Todo con paciencia, pisando un camino que siempre te llevará cuesta arriba, y que nunca es un camino conocido. Hay que aceptar los retos. Total, ya estás viviendo una vida difícil. Es solamente realizar un cambio desde lo fácil de quedarse en una vida tóxica y morir lentamente en la ignorancia, o elegir subir una montaña llena de retos, pero nunca estarás sola. Nunca lo estás.

EL QUERER es una puesta en práctica de una voluntad que está orientada a la libertad, que, aunque en principio se sienta limitada, busca romper los límites, hacerse más grande, aceptar la sensación cada vez más poderosa de que el sentido está en ese encuentro con la divinidad. No sabes cómo, pero sigues intentando. Y llevas la divinidad a tu relación con tu familia, con tu comunidad, con tu trabajo, y entiendes que no hay excusas que valgan, sino una búsqueda constante de resoluciones y acción en torono a ser cada vez más grande en manifestación física y espíritu. El querer está relacionado con lo que Kant llamaba voluntad libre. Kant, el filósofo alemán que nos trajo La Crítica de la Razón Pura y cuya filosofía pareciera una traducción a la lógica occidental de sabiduría oriental, acuñó un término que tiene mucha historia: el imperativo categórico.

Retrato del filósofo alemán del s.XVIII Immanuel Kant

Para Kant, la policía existe porque los seres humanos no nos regulamos a nosotros mismos, somos incontinentes, esclavos en mayor o menor medida, de nuestros deseos. En ese sentido, para él no existe el libre albedrío realmente, porque la libertad implica para él que nuestras acciones sean libres de esa esclavitud impuesta por nuestros deseos. Me parece muy interesante que su razonamiento sea tan cercano al planteamiento sobre libertad que hay en el pensamiento oriental. India, con su cultura milenaria, nos ha regalado una rica fuente de inspiración y caminos claros de avance en espíritu. Una de las ideas centrales de este camino es que nuestro avance como humanos está directamente relacionado con el reconocimiento de los egos, esas apps que operan y nos mueven a hacer cosas. Nuestra condición es de ignorancia en el sentido de que hemos identificado a esas apps como partes del yo. La identificación es un sometimiento de la voluntad, y el concepto de sometimiento anula el de voluntad, no solamnete en la retórica, sino en la práctica.

Pero Immanuel no usaba el término ego. Él definía nuestra condición normal de humanos esclavizados como una voluntad patológicamente afectada, siendo la patología el ego o hábito o patrón de comportamiento o pensamiento con el cual me identifico, que gobierna mi voluntad y frecuentemente me impulsa a realizar actos que me hacen daño, que hacen daño a otros, actos potenciales de arrepentimiento. El deseo vendría a ser el querer que se origina en una de mis patologías. Me identifico con el deseo y soy su sirviente. De otro lado, la voluntad libre sería aquella perteneciente al ser humano que actúa superando sus deseos, a partir de un actuar puro, libre de sometimiento. Por supuesto, queremos pensar que todo ser humano en cierta medida actúa libremente, algunos más que otros a lo largo del día, en especial cuando tenemos un camino consciente de autoconocimiento. 

Como ejemplo de un actuar patológicamente afectado y uno libre, tomemos la ocasión de ayudar a una persona que lo necesita con urgencia. Una voluntad patológicamente afectada puede ofrecer esa ayuda porque la están viendo y no quiere que piensen mal de ella; quizá pueda esperar una recompensa, o quizá piensa que está acumulando puntos para irse al cielo. Una voluntad libre sólo ayuda porque es lo que hay que hacer. Esos momentos en donde opera la conciencia directamente los poseemos todos en momentos diversos de la vida. Nos permitimos ser canales de Conciencia desde acciones pequeñitas hasta inmensas en las que salvamos miles de vidas al mismo tiempo. Una vez mi hijo de menos de un año y yo, estábamos sentados en un sofá viendo una de sus series favoritas. Su papá estaba de pie detrás de nosotros. En un momento, volteé de la nada y saqué una araña del respaldar que estaba por subirse a la cabeza de mi bebé. Su papá lo vio con sorpresa, y me preguntó, ¿cómo supiste que la araña estaba ahí? No lo sabía. Ahora entiendo que es la conciencia de la cual participamos libremente. Es nuestra verdadera fuente la que opera en ella, y podemos poner todos los conceptos y constructos posibles para negar lógicamente su existencia, pero eso no va a hacer que deje de operar ni que desaparezca.

Todas las relaciones, no importa qué tóxicas sean, tienen alguna participación en esta conciencia. Una relación consciente, es una relación que no se forma por la unión dependiente de patologías que establecen dependencias, sino que se forma a partir de conexión libre, y acuerdos de crecimiento y acuerdo mutuo. Las relaciones establecidas sobre esta base de conexión no patológica constituyen dinámicas amorosas que aceptan el conflicto y el caos como parte del crecimiento, y que también aceptan que la otra persona me está reflejando. La separación de la pareja, si sucede, es una separación que puede ser triste, pero jamás trágica, y es un proceso que forma parte del crecimiento de cada quien. Jamás dejarán de estar en conexión, jamás dejará de existir el amor, pero sí se transforman las dinámicas, y cada persona es libre de establecer nuevas conexiones armoniosas, para compartir amor, felicidad, crecimiento.

En resumen:

El deseo forma dependencias y viene de los egos y los hábitos tóxicos que hemos establecido con nosotras mismas y nuestro entorno. Establecemos dinámicas no saludables y altamente dependientes cuando no somos conscientes de ello.

El querer es lo que nos mueve al crecimiento, viene de nuestra voluntad y accionar desde ahí nos permite evolucionar. El querer establece conexiones saludables, y nos hace más libres.

El camino del autoconocimiento revela quiénes somos, poco a poco y con paciencia. Ese conocimiento, nos permite escoger de qué manera cambiar y hacia dónde crecer. La fe es esencial, pues no operamos esa búsqueda interna en soledad, sino con una compañía divina, de la cual quizá en un principio no somos conscientes, pero que está ahí, y que irás percibiendo en la medida en la que te adentres más y más en tu evolución espiritual consciente.

Te animo a meditar y orar con amor. Te animo a escuchar tu entorno, y a tu propio conrazón, con paciencia y amor.

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