RAZONES PARA AMARSE PRIMERO: EL CULTIVO DEL AMOR PROPIO

"Ama a tu prójimo como a ti mismo".

Mateo 22: 36-40 y Marcos 12:29 - 31


Si tienes algún tipo de conocimiento sobre catolicismo o has participado de alguna manera de la fe tal cual es sostenida por la tradición católica, quizá te has preguntado alguna vez, ¿qué pasa con la inconsistencia entre este pasaje evangélico y la exigencia de esta fe que demanda sacrificio? ¿No sería más coherente con nuestras vivencias, en especial quizá las de la herencia cultural religiosa hispánica, que la frase fuera: Ama a tu prójimo más que a ti mismo?

En los Evangelios, Jesús dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo [que no aparece en los 10 mandamientos originales de la tradición judeocristiana] es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.

Hay motivos que van más allá de nuestra comprensión material del mundo para poner nuestro amor principal a dios. Cuando era chica, mi experiencia del mundo me hacía agarrar con pinzas esa afirmación. ¿Por qué un ser todopoderoso que es responsable de mi creación y de todo lo que hay pone como requerimiento que lo amen? Suena demasiado egoísta, de hecho, no suena a todo poderoso. Mi mente, sumando uno más uno según lo que yo conocía del mundo, no entendía cómo esa frase podría ser una analogía de desprendimiento, de amor, ni cómo el cumplimiento de esa ley o requerimiento indispensable podría ser amoroso para mí ni qué beneficios tendría para mi comunidad, para el planeta.

Me parece interesante volver a conceptos antiguos sobre diferentes maneras de ver el yo. En Grecia antigua, de cuya rica lengua provienen muchas de las palabras y conceptos que hoy aún son fundamentales a las culturas de lengua castellana, existían tres conceptos, grosso modo, diferenciados del yo en uso gramatical. El ego o yo empírico, designaba a la persona que habla, era el pronombre, la persona física, y su identidad en el mundo cotidiano. Esta identidad es diferente de la Psique o el Alma. Platón decía que esta instancia yoica era el verdadero yo, nuestra parte inmortal y racional, que se encontraba en conflicto con los deseos del cuerpo. Pero también está el Nous, que representaba la forma más elevada de conocimiento y conexión con lo divino, era la parte humana correspondiente a lo que hoy llamaríamos una conciencia superior o un yo superior. 

En Cratilo, 400c, Sócrates compara al cuerpo con una tumba para el alma, jugando con la similitud entre ambas palabras: cuerpo o soma, y tumba o sema. ...pues algunos dicen que [el cuerpo] es la tumba [sema] del alma, como si ésta estuviera enterrada en la vida presente; y también porque, dado que el alma manifiesta lo que manifesta a través de él, se le llama con razón signo [también sema].

En Gorgias 493a, Sócrates cita a un sabio, quizá pitagórico, que decía: ahora nosotros estamos muertos y el cuerpo es para nosotros una tumba.


En Gorgias 493d sucede algo más interesante aún, en esta continuación del pasaje anterior:

En el fondo, el amor a la Divinidad implica el desarrollo de una fuerza interna que se debe trabajar. Como un músculo, la acción virtuosa desarrolla poderes internos que facilitan el autoconocimiento y la acción ética. Pretender actuar éticamente sin la práctica de las virtudes es posible desde la ejecución que demanda mucha fuerza y sacrificio. Se puede hacer, pero toma tiempo y puede ejercer daños itreparables al propio cuerpo y al entorno, a pesar de que en conjunto la balanza se inclina más hacia la bondad. En ese sentido, la acción cien por ciento ética es una acción que debe valerse de la interacción conjunta, constante y consciente, con la Divinidad. Negar en nuestras acciones la acción divina, no solamente es desconocer el hecho fundamental de nuestro origen divino, sino privarnos innecesariamente del principal factor de evolución del cual nos valemos: el reconocimiento de que en esencia somos materia divina eterna. A esto se refería Jesucristo con validar el primer mandamiento de la Ley: Amarás a Dios sobre todas las cosas. Ese amor desarrolla devoción. La devoción es una fuerza que actúa directamente sobre los cuerpos sutiles de quien ama devotamente. La evoción aplicada a la evolución, es decir, la relación con la Divinidad que hace consciente la propia existencia divina y nuestra orientación inefable y necesaria hacia nuestra evolución en espíritu, genera un mayor impacto de desarrollo interno y autoconocimiento. Es tomar, de los caminos arduos, el más sencillo, y sin embargo, el más trabajoso de todos, porque dedicarse exclusivamente al camino de la evolución espiritual mediante la devoción a la Divinidad implica frecuentemente una mayor acción desde la inspiración divina y un desacato frontal de nuestra condición egoica. Entramos aquí al camino del amor puro, al camino del Corazón Crístico, que encuentra su razón de ser en este plano mediante el desarrollo personal para el servicio a la humanidad.

Ese amor, entonces, hacia la Divinidad, exige que nuestra evolución sea amorosa. Ese amor por la propia vida, nos enseña a cómo amar a los demás. De otro lado, esa práctica de auto-amor nos hace más visible la conexión con nuestro propio origen divino, y las entidades superiores que nos guían y protegen de las muertes prematuras y de todo aquello que, como accidentes, podría surgir y que no pertenece ni al Karma ni al Dharma personales. ¿Por qué hay estos accidentes? Pues el caos le pertenece al cosmos. Quienes no practican coherencia y amor a un nivel elevado están expuestos a una mayor acción del caos sobre ellos mismos. Para prevenir que suceda lo que no les toca, existen los guardianes de nuestros cuerpos. Nos permiten seguir viviendo en este plano para cumplir al máximo nuestra evolución.

Por otro lado, el ego, que llevado a la traducción actual se referiría en castellano a nuestro pronombre en primera persona singular, hace una referencia directa a lo concerniente a la identidad o identidades que no son ni el alma ni el espíritu: ni la psyché ni el Nous. De ahí que el término egoísmo indique una acción exagerada en torno a accionar en torno a complacer lo correspondiente con las identidades, que son los deseos, ya que se corresponden con el cuerpo y la materia, y que se contrapone a la voluntad que está ligada al alma y que acciona en relación con el origen Divino. 

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